jueves, 15 de febrero de 2018 | By: Abril

Sincericidio en el café de los viernes

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Te quiero y me empeño en pensar que no. Y duele. Duele y mucho. No hay día que no me levante con la sensación de que vamos a volver a compartir un café de sobremesa. Y ahí está tu recuerdo. Y el café. Pero no hay dos compartiendo nada como en la foto de mi estudio, con París al fondo y la lluvia al otro lado del cristal. No. Hay un café, pero yo estoy sola clavando los ojos en la cucharilla que dibuja círculos concéntricos, los mismos círculos que dan vueltas en mi memoria intentando devolver al presente recuerdos que tengo cada vez más difusos, de otro tiempo, de otra vida que  viví a tu lado…

Hace más de un año que nos encontramos por última vez. En el mismo sitio: un pub trasnochado y difuso entre luces tenues que se aliaban con nuestras debilidades para avivar el fuego difuso que se encendía cualquier día menos los viernes y los domingos. Los domingos nunca existí. Los viernes me los negaste, por capricho y porque en cierta forma pretendías domesticarme. Los domingos me daban lo mismo. Renuncié a ti y a ellos desde el primer beso. Pero los viernes… nunca te perdoné los viernes donde yo era tu plan B. Qué crueldad negarle a alguien los viernes. El resto de la semana competía con tus prioridades. No me acostumbré nunca a ello, pero sacar el tema desencadenaba una nueva tormenta perfecta entre nosotros, por eso intentaba esquivar mi indignación. Pero aquello hacía que me doliera más y me devoraba hasta que vomitaba todo lo que sentía cada vez que me borrabas los viernes de tu agenda.

Soy demasiado clara. No me van los comentarios a medias, así que cuando ya veía todo perdido me tiraba de cabeza al ruedo a pecho descubierto. Este sincericidio va a matarme cualquier día… el caso es que te lanzaba las verdades a la cara, aun sabiendo que cada lanzamiento te alejaba diez centímetros de mí. Aquello nos fue distanciando tanto que surgió aquel monólogo que empezaba por… “no sé qué hago aqui”,  continuaba con “no tiene sentido que nos sigamos viendo” y finalizaba con “ya no sé qué creer… has cambiado tanto” y volvía en bucle al principio “no sé qué hago aquí”.

Si supiera que cambiando algo iba a borrar el final de esta historia, te volvería a regalar los domingos enteros y los viernes a medias, y lo pensaría dos veces antes de comenzar mi monólogo en bucle y te odiaría en silencio y pensaría que no eras tan nocivo para mi salud mental como lo eres… pero la vida no usa borradores, las cosas se escriben una sola vez y la tinta es indeleble. Por eso me quedo aquí a solas con mi café compartido contigo, removiendo con la cucharilla en círculos concéntricos la nostalgia de un viernes imaginario.

(N.R.H.)
domingo, 4 de febrero de 2018 | By: Abril

Hoy vuelvo a escribirte una carta de amor.

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Hoy vuelvo a escribirte una carta de amor. Y no creas que todo este tiempo te me has olvidado, no. Al contrario: no hay día que no te dedique un pensamiento. Me sigues robando momentos y sigues aquí, a mi lado… No, no puedo echarte más ni mejor de menos.

Espero que en tu amnesia lejana, te acuerdes de mí y suspires por todo aquello que fuimos. No tires al fuego lo que sentiste y lo que me hiciste sentir. Eso fue puro y sincero. Sé que lo fue. Lo vi en tus ojos y en tu sonrisa. Esas caricias con la mirada no se pueden improvisar. No hay forma de falsificar una emoción que sale de dentro del corazón. Y aquí estoy en mi frío invierno, en  mi lluvia cercana a tu pensamiento. Hoy lluevo a mares por tí, hoy te echo mucho de menos.

Y sé que no volverás aunque la última vez que hablamos quedó tu invitación a café en el aire. Qué bien huele el café recién hecho, aunque sólo sea un espejismo en medio de otra ilusión rota contigo.

Me sigues dando la nada en medio de la esperanza de volver a verte. Y dueles, cómo dueles aún… pero no puedo hacer nada. Hace tiempo me quedé sin argumentos para hacerte un guiño que te devuelva por un instante a mi vida. Un solo instante con el que sobrevivir hasta la próxima estación, la próxima bofetada sin mano y la próxima decepción por dibujar castillos en el aire.  

No puedo arrancarte de mí como quisiera y me duele mi vida porque no estás tú en ella…


(N.R.H)
martes, 30 de enero de 2018 | By: Abril

Tres caritas sonrientes

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Hoy, después de muchos meses en silencio, te he escrito porque en el fondo me hace gracia que el universo se encargue de recordarme cada vez que le parece oportuno que te tuve muy dentro durante mucho tiempo. Que fuiste mi vida, en el sentido casi completo de la expresión y eso es algo de lo que no voy a escapar nunca, aunque haya conseguido poner tierra física y mental de por medio. 
Hoy ha sido Pinterest que me recomendaba una de las acuarelas que en su día pintaste para mí y aun cuelga de la habitación en la que dormía en casa de mis padres. Hace un par de semanas Facebook me preguntaba si conocía a tu chica. Pues claro que sí, pero entiendes que no tenemos interés alguno en ser amigas ¿verdad? 
Hace mes y medio Instagram me contaba tus planes del fin de semana con todo lujo de detalles a través de las stories de un amigo en común. Captura de pantalla con un simple pie de foto: “Mira que simpático Pinterest. Carita sonriente”. Tu respuesta. Tres caritas sonrientes. A eso ha quedado reducido todo. 
Es curioso que cuánto más tiempo pasa, más borrosas se vuelven las discusiones, más se diluye en resentimiento y hasta el dolor se apaga por completo, sin embargo de manera aleatoria te acuerdas, cada cierto tiempo, de lo que en su momento fueron detalles sin importancia, y en el presente, a toro pasado te hacen pensar ¿con todo lo que me querías, tanto te costaba realmente? Yo que siempre he sido la chica de las uñas de colores y tú que me preguntabas, cada vez, de que guardería me había escapado o en qué taller de pintura me habían prestado las témperas. 
Las 0 comedias románticas que vimos en el cine, porque sólo compensaba pagar la entrada si la cinta era de acción. Paradójicamente he descubierto que me gusta el fútbol, verlo y jugarlo, compartirlo y que me lo cuenten, pero cuando nos sentábamos juntos acababa convencida de que el partido que yo veía duraba al menos 3 eternas horas, que estábamos viendo jugar a equipos distintos y sin duda alguna yo era la que estaba en fuera de juego. Siempre. “No te rayes, ya se solucionará”. Tu fórmula mágica para todas mis preocupaciones e inquietudes. Claro. Sólo. ¿Cómo lo nuestro? Porque la vida es así de simple y el universo así de comprensivo. 
Por eso te trae de vuelta cada vez que le parece. 
 (Una dosis de Bea)


martes, 9 de enero de 2018 | By: Abril

Equivocados

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Se me escapó ese: “Sí, quiero”. Al verte de nuevo. Y joder, que mis adentros parecían querer estallar a la vez que mi garganta estaba seca como el desierto de nuestras intenciones, por no decir “Colorado” porque siempre fuimos de grises.

Nunca imaginé que sentiría el olor de tu piel otra vez entre las sábanas de mis sentimientos y es que los dos nos largamos cerrando la puerta, sin dejar una sola ventana por la que colarse.

Fuimos tan mediocres en nuestra huída, que nos dejamos la mitad del alma en la casa del otro, pero eso sí:

-Mis cosas me las llevo yo -aunque solo sea para hacerte daño-.

Y después de unos segundos donde a la muerte le dio un ataque al corazón, tragué saliva y volví a respirar.

Era el mundo real y tú te estabas vistiendo aún sin ser las doce de la noche, para marcharte en tu carroza mágica sin dejarte más zapatos de cristal por el camino.

Me mirabas, como un gato asustado y a mí solo me apetecía abrazarte, pero tu silencio era el infierno a todas las dudas que había tenido.

Y ahora estaba pasando condena, recitando en voz alta tu número de lunares, deseando que volvieras a colarte por los barrotes del orgullo para jugar al escondite con la indiferencia y despedirnos del amargo sabor a despedida, que manchó nuestro cuento de hadas a medio terminar.

Y nada, decirte que: Sí, quiero. Y que todavía me queda tinta para una trilogía.

 (Memorias de un Joven Escritor)

Querido tú

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Querido tú, que estarás leyendo esto,

Esta no es una reflexión cualquiera, ni una página en blanco cubierta de tinta que luego esté dispuesta a borrar. Se trata de, tal vez, una de las mayores puestas en escena que haya interpretado o, si prefieres llamarlo así, la melodía de mi sinceridad hecha canción.
Te eché de menos, sí, una parte de mi invierno siempre lo hizo, como el otoño le enseñó a hacerlo y como evito que toda secuencia de mi primavera lo aprenda a hacer en un futuro. Y a decir verdad, aunque no me haya topado con estación que no lo haga, sé que es mi propio temporal el que enseñará al resto los pasos a seguir por más que éstos se prolonguen demasiado, y puede que sea éste el motivo por el que desde entonces le tengo un poco más de tirria a las agujas y a su tiempo, porque se alejó contigo la magia de su pasión por volar. Pero ya no, ya vuelvo a sentir que continúan creciendo mis alas.
Mis amigos ya no me preguntan por ti y a mí ya no me cuesta reconocer que mi piel llevó durante un buen tiempo tu nombre, que en la geografía de mis párpados pesaste lo suficiente como para no dejarme dormir muchas más noches de las que yo quise.
Fuimos un pedazo de guerra sumergido en paz, el coraje y la ternura amando al mismo tiempo, coincidiendo en aquel párrafo donde nos regalaban todas las páginas que quisiéramos llenar. Y lo hicimos, escribimos las que nos pertenecían, pintando con vida nuestros cuerpos como si de exprimir a un corazón se tratara. Y, aunque ya no sea éste el caso, ambos formaremos parte de la historia del otro, y yo siempre me quedaré con eso.
Tan sólo decirte que espero que las estaciones de las que fuimos protagonistas juntos cuenten las sonrisas que nos dimos, que con el tiempo olvides el frío que cuando te falté sentiste y que ese escalofrío ya no me erice a mí la piel, que no te arrepientas de haber venido a buscarme y que nunca duela cuando pienses en mi nombre y en el tiempo que le fuiste fiel; y viceversa.
Que siempre andemos felices, aunque sea en distintos caminos y al lado de otros pies.

(Melanie De La Peña López)

Te quiero en forma de adiós

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Decirte que te vayas es un atentado suicida y, al mismo tiempo, una forma corta y concreta de definir el verbo querer.
Quizás pienses que mis pasos se alejan de tus pisadas por miedo a enfrentarme al abismo que hay entre tus párpados y los míos, pero ten la pequeña certeza de que si fuese por ese motivo me tiraría al vacío una y otra vez cuál kamikaze, con los ojos abiertos para disfrutar del paisaje.
Lo cierto es que no me asusta cómo sea el huracán si su ojo coincide con los tuyos, pero, aunque me sobren motivos por los que estar aquí, bajar la guardia y permitirme ser feliz junto a ti, solo existe una razón para huir lejos aun sabiendo que ya nunca volverás y nunca más seré feliz, y aun así esa única razón pesa tanto que me tengo que ir.
Tú no lo entiendes y a decir verdad yo tampoco quiero entenderlo, pero en el fondo, alguna parte de mí, sabe con total certeza que solo soy la mecha de una bomba que te hará mil pedazos en algún momento así porque sí, sin yo poder controlarlo. Así que no me pidas que vuelva que ya es demasiado difícil correr sin girarme incontables veces para intentar apaciguar ese glaciar derretido en tus ojos y no salir al encuentro de tus labios.
Espero que algún día sonrías al escuchar mi nombre y seas capaz de entender que esto nunca fue fácil para ninguno de los dos, tú viste desaparecer a aquel quién querías y yo di la espalda a la persona con la que quería pasar el resto de mis días.
Nunca me fui del todo, siempre estuve a la vuelta de la esquina, te he visto pasar con alguno otro más, pero conozco tu mirada. Ninguno de ellos veía en tu mirada la brecha para tratar de curarla a tu lado sin amenazar con huir antes de que se desbordase. Nadie supo entender que existen palabras llenas de silencios y silencios llenos de palabras, pero que por más que sellen tu boca, tu mirada cuenta cada una de tus historias.
Es difícil comprender tanto a alguien y quererla sabiendo que para mantenerla a salvo tienes que evitar tocar la yema de sus dedos, porque existen personas a las que echas de menos hasta cuando cierras los ojos aun sabiendo que al abrirlos ahí van a estar y yo quería ser esa persona para ti, porque es bonito construir un imperio y que cuando esa persona decida tocarte que se tambalee, pero nunca se destruya. A mi vida le sobran motivos para ser feliz pero todos se reducen a ti.
Dinamita, eso es lo que soy, así que siento tambalearme, pero prefiero ser añicos que me construyas y derrumbarte a ti.

(Estela Martínez)
sábado, 4 de noviembre de 2017 | By: Abril

La mujer invisible

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Hola
Contigo nunca he dejado de intentar lo imposible, a sabiendas de creer que era del todo improbable volver a tener aquello que fuimos. Entre aquel tú y este yo hay un inmenso abismo. Yo te he llorado como si hubieses muerto y en cambio tú me has olvidado como si nunca hubiera existido.
Y aunque lo sé vuelvo a caer en la inercia de llamarte. Y a la desesperada te hago una señal para llamar tu atención una vez más. Se me están acabando las ideas para crear escenarios pretendidamente casuales en los que encontrarme contigo. Tú me rehúyes y yo te persigo incesantemente. Pero ni tú eres la misma persona que quise tanto ni yo soy la chica que dejaste un día de octubre. Llovía aquella tarde sobre nuestras cabezas y sobre mi alma. Sentía que el agua mojaba mi pelo pero no quería moverme de tu lado. Y allí se quedó para siempre una parte de mí, que nunca regresó conmigo. Sigo siendo la chica de aquel jueves que vio cómo su último tren salía para la ciudad del olvido.
Tú continuaste con tu vida, como si nada. Tenías razón: olvidas pero no perdonas. Yo, precisamente aquel día en que la lluvia mojaba mi tristeza, pensaba que nunca me había muerto tantas veces en una sola tarde. Cada una de tus frases era un puñal en mi estómago. Estaba desgarrada, tocada y muerta y tú seguías hablando de lo importante que eran tu otra vida, tus amigos y tu trabajo. Todo era más importante que yo y me culpabas por no entenderlo. Por no entender ni aceptar que me había convertido en tu mujer invisible.
Siempre serás el hombre equivocado y yo la mujer imperfecta, pero fuimos y seremos tal para cual. Y sobrevivo con el dolor de haberte querido, el daño que me provoca seguir haciéndolo y la tristeza de saber por encima de todo que, pase lo que pase, y aunque sea invisible para ti, siempre estaré a tu lado.  

(N.H.R.)